Agosto era pies descalzos y el ruido de cacharros en la cocina al caer la tarde, única hora en que se aguantaba el bochorno.
Piscina y toalla reconfortante tras bañarse hasta tener los labios lilas y ser viejo por los dedos.
Dormir en la hora en que las moscas invadían el patio o leer tebeos que perpetuaran el status quo de la edad en que la guerra era un concepto lejano.
Agosto continuó siendo pies descalzos durante un tiempo largo para ser sustituido por arena en las sandalias y tras unos años regresar. Sentir tierra y sudor y que dormir a cualquier hora no sea perder el tiempo. Darle la mano a Aión y que detenga las noticias de muerte.
Agosto pelo enmarañado para darle una tregua al miedo.
Piel con piel, eternizar la carne y la retina que retiene los destellos del Significado.
El mundo, no obstante, no duerme este sueño y al amparo de un muro calado alguien sonríe desde una fotografía porque hay que olvidar, a veces, para estar sano.
La muerte suena extraña en el televisor entre granos de arroz en el mantel y uno tiene la extrañeza de sentirse ajeno, de querer guarecerse en un enredo de pies de siesta al amparo de una ventana semiabierta.
Permanecer en la cueva de irrealidad, en el no-estar tan necesario. Y desear que en la tele, en lugar de bombas, suene de fondo la melodía de Verano Azul.
Las cigarras viven en el subsuelo, como ninfas, varios años, antes de salir a la superficie.
jueves, 4 de agosto de 2016
miércoles, 27 de julio de 2016
Antes de que acabe julio, he soñado. Segunda parte y fin.
Allí me detuve un tiempo hasta que decidí proseguir el
camino; comprobé la hora y pensé que, ya puestos, merecía la pena pasear por el
puerto hasta la Barceloneta. Alcé la vista hacia el funicular de Montjuic y me
percaté de que nunca había subido en ese cachivache y que nunca lo voy a hacer.
No me fio de algo que se tambalea en el aire, de una cabina que pende de un
hilo; yo, al menos, así lo percibo y la mayor parte de las cosas son una
cuestión de percepción, aunque le llamen perspectiva. Con los pies en la
tierra, también hay muchas estancias y permanencias que penden de un hilo. Al
bajar la vista de nuevo, dejé de esquivar el recuerdo de un banco de piedra: el
lugar donde me había sentado tantas veces ya no existía. El vacío donde se
ubicaba sí, el vacío es inamovible. Me fui de allí enseguida, casi huyendo, por
no traicionar al presente. Por suerte, hace poco un nuevo sueño parece estar
poniendo la primera pieza de algo que debe estar en su lugar, aunque no sea el
banco, aunque ahora sean de tablas de madera que se rompen con el tiempo.
Vi los barcos antes de percibir el olor a mar. Primero lo
pensé y después percibí el aroma. Pienso que la percepción funciona así, en una
espiral que se retroalimenta y en la que no se sabe qué va primero, si la
lágrima o la tristeza aunque a mí en la facultad me enseñaron que primero uno
llora para luego ponerse triste, al darse cuenta del húmedo y salado elemento resbalando por las mejillas.
Una paloma descansa en la sombra, así como reposan los
pájaros, aplastados como cuando están enfermos o incuban un huevo.
Me fascinan las aves.
El presente se cansaba de quedar relegado y apresuré el paso, me
detuve ante una estatua de Joan Salvat Papasseit y después en otra titulada La
parella. Sin brazos, compartían espacio, como muchos de los abrazos (losa-brazos) -me
apetece jugar con las palabras- que hemos dado.
Vi los catalejos que tanto me gustaban de niña pero no miré
a través de ellos. Creo que debe costar un euro hacerlo, tal vez dos. De
pequeña también me irritaba que hubiera que pagar dinero para ver a través de
ellos, al tiempo que me preguntaba si, mirando por el lado opuesto, podrías ver
el mundo invertido o avistar, quién sabe, algún lugar imaginario, y encima,
gratis. Lo intenté muchas veces, pero esta vez me dio vergüenza.
Mientras hacía fotos me sentía una turista pero no lo soy. A
los turistas se los reconoce por la forma de vestir y me pregunto si nosotros,
en el extranjero, nos vestimos diferente.
La vida arde y no se detiene y si no fuera por el sol,
habría esquivado este alud de pensamientos o me habría vestido diferente, de
turista francesa por ejemplo, para que el recuerdo no permaneciera en la ropa
al volver a casa.
jueves, 14 de julio de 2016
Principios de julio. Primera parte
Había olvidado las estatuas humanas de La Rambla, aunque
olvidar no es la palabra más precisa; de hecho, había acaecido más bien un
proceso de economía mental, así funcionan los recuerdos. ¿Para qué tener
presentes todos los retazos de memoria? De niños, podemos subir a caballo de
cualquier nube porque no nos apremia el reloj, ese que toda la vida había
tenido forma de espiral para, de repente, en la edad adulta, convertirse en una
carrera contra el tiempo en el que la carne y los cuchicheos se inmiscuyen en
la trayectoria, como si todo lo que una vez soñaste ya no importara. Solo lo
establecido, solo la biología, solo cualquier forma hostil de hipotecarse. De
niños, tampoco tenemos tanto que recordar o que olvidar. Pero aquel día me daba
igual todo eso, es lo que ocurre cuando el verano despunta, que las agujas del
reloj pierden el norte. Me detuve a contemplar las estatuas humanas y recordé
lo importante que fueron cuando era pequeña, porque eran inexplicables y
porque, también, me recordaban que la vida no era igual para todos. Tiempo
después su contemplación me producía una cierta tristeza hasta este día que
narro en que me descubrí sorprendida por aquella especie de Cleopatra y un monstruo
de fantasía. No los fotografié porque no tenía pensado darles dinero y de un
tiempo a esta parte, respeto mucho el trabajo de los artistas.
Creí que había llegado el momento de marcharme. Algo me
detenía y no quería volver aún a casa. ¿Cuánto tiempo hacía que no me había
dedicado a vagar por cualquier sitio? Siempre pendiente de la hora. Miré un
poco más allá y vi la estatua de Colón y fue como cuando era niña, cuando no
sabía nada sobre imperialismo y ni siquiera podía ubicar el continente
americano. Desconozco si me hablaron sobre ello en el colegio; de todas formas,
en la escuela no se aprende casi nada. A leer y a escribir sí, aunque eso lo
habría hecho yo de todas formas. Fue mi abuelo quien me enseñó a multiplicar,
del mismo modo que obraba una mágica aritmética con el jabón de estraperlo. Colón
era un dedo que salió en una serie. Pensé en el tiempo que hacía que no me
acercaba por ahí y algo en mi cerebro removió la memoria para situarme de
pronto en un recuerdo, en unos días que duraron años. Mis pies titubearon,
además el sol rabiaba y me apabullaba del mismo modo que abría los sentidos. Crucé
la calle y sin proponérmelo aterricé en mis dieciséis años. Esa fue la última
vez que me senté ahí, casi puedo asegurarlo. Entre dos leones, una conversación
adolescente que los tiempos nuevos han borrado. Hablábamos sobre el amor, sobre
aislarse, sobre los viajes que íbamos a hacer, mientras mis ojos deambulaban
por otros lugares, cercanos, de paseos tranquilos, sin más billete que la
divagación. Me reafirmo en que esa es mi afición favorita. Y sospecho que hoy
en día, tendría la misma conversación y mi mente viajaría por los mismos lugares.
Continuará, mientras el reloj detiene por unos días lo único
importante.
domingo, 22 de mayo de 2016
Pócima para la aflicción
Lobos con piel de oveja,
los mansos también aullaremos,
en la vasta geografía del mundo
por largo tiempo lamentos.
¡Que la vida no acontece tan dócil
incapaz de arrojar un grito!
Como antaño, es fácil ser un salvaje.
Mas cuando todo se enmaraña
qué difícil es sentir,
cuán arduo hallar un brebaje.
domingo, 8 de mayo de 2016
Última fotografía de invierno
Decidimos la irrealidad de los domingos, la bruma que
ocultaba las chimeneas, el humo y las fábricas, el trabajo de algunos. El sol,
en sus días, también obraba el mismo efecto.
Acordamos una tregua para las
tristezas y esa misma quietud operaba una suerte de melancolía insoportable. El
jolgorio era el de un pájaro disecado y la siesta el silencio que evidenciaba
el misterio de la vida.
Contemplar las vías era como viajar, el solo anhelo era
el deseo cumplido. Pero la niebla ocultaba las chimeneas y de algún modo al no
ser visibles, habían desaparecido. Lo que veíamos era lo que existía, aunque el
destino de las vías, a pesar de estar lejos, vivía en la retina.
No queríamos
que desapareciera el horizonte, ni el perfil característico de la ciudad, y
allí estábamos, contemplando un domingo cómo todo era tan estático que parecía
revelarnos un secreto.
sábado, 12 de diciembre de 2015
Percepción particular
Hay una afirmación por excelencia que nutre de paz al ser humano. "Esta es mi casa". No hablo de propiedades, sino del hogar. Externo e interno. En la explotación de esta fuente segura de calma ha girado la historia de la humanidad, las guerras. Internas y externas. A partir de ahí, hoy en día, uno decide a quién votar, en función de dónde cree uno que está su morada y en la proporción de personas que no disponen de una. También en el lugar donde uno ubica la amenaza de perderlo, también donde se extravia el corazón. Y así, uno no sabe si vota él o vota su percepción. Del grado de conciencia de esto último depende la manipulación a la que uno se somete, o lo cerca que está de no perder su casa, o lo lejos que está de aquellos que no la tienen.
Mientras tanto, en una linea de metro que prefiero no nombrar, uno rememora la historia; no existen asientos en función del fototipo -palabra que aprendí hace poco- pero tal vez algún tipo de memoria perceptual nos ubica en los vagones. Una aprende que solo con dirigirse hacia el final hay más sitio, donde los niños son "churumbeles" (que gritan, ensucian, molestan; a quienes algunos sonrien porque saben que su intercambio solo durará unos minutos), cabizbajos cansancios y bolsas repletas del Primark, de esas que no necesitan ni falsificación mantera. Ya llevan implícita la miseria y la esclavitud, la estética uniformada de los suburbios sin bohemia. Pobres sobre pobres. Tal vez es solo una percepción, particular, condicionada, sentimental y cambiante.
De vez en cuando algún portador de roído abrigo -tan roto que casi pareciera uniforme- se recorre la distancia entre los que bajan en zona turística y los que vuelven a casa. Y cada uno se refleja en él en función de su miedo o percepción particular. Llega el metro a su destino, también hay periferia en la periferia, donde los hogares fueron creados para no serlo. De donde nuestro cerebro animal, que solo tarda catorce segundos en conformar un prejuicio hacia alguien, desea escapar. Hay destinos y caminos en una misma estación y cientos de elecciones y callejones sin salida. Uno a veces se vuelve aristocrático mientras burbujas de confusiones le devuelven a la calle. Y solo una pregunta: "¿dónde está tu hogar"?
Mientras tanto, en una linea de metro que prefiero no nombrar, uno rememora la historia; no existen asientos en función del fototipo -palabra que aprendí hace poco- pero tal vez algún tipo de memoria perceptual nos ubica en los vagones. Una aprende que solo con dirigirse hacia el final hay más sitio, donde los niños son "churumbeles" (que gritan, ensucian, molestan; a quienes algunos sonrien porque saben que su intercambio solo durará unos minutos), cabizbajos cansancios y bolsas repletas del Primark, de esas que no necesitan ni falsificación mantera. Ya llevan implícita la miseria y la esclavitud, la estética uniformada de los suburbios sin bohemia. Pobres sobre pobres. Tal vez es solo una percepción, particular, condicionada, sentimental y cambiante.
De vez en cuando algún portador de roído abrigo -tan roto que casi pareciera uniforme- se recorre la distancia entre los que bajan en zona turística y los que vuelven a casa. Y cada uno se refleja en él en función de su miedo o percepción particular. Llega el metro a su destino, también hay periferia en la periferia, donde los hogares fueron creados para no serlo. De donde nuestro cerebro animal, que solo tarda catorce segundos en conformar un prejuicio hacia alguien, desea escapar. Hay destinos y caminos en una misma estación y cientos de elecciones y callejones sin salida. Uno a veces se vuelve aristocrático mientras burbujas de confusiones le devuelven a la calle. Y solo una pregunta: "¿dónde está tu hogar"?
sábado, 26 de septiembre de 2015
PROHIBIDO
Van a prohibir fumar en la playa; espero que también
prohíban a aquellos que dejan latas vacías y cristales rotos para deleite de
nuestros pies.
Fumar es malo pero las tabacaleras y el estado no tienen la
culpa, de ahí su impunidad a los excesos de sus ciudadanos. Ellos solo ponen
a disposición del pecado el árbol del fruto prohibido y uno puede elegir. Imagino que los
políticos que veranean en sus yates tirarán sus colillas al mar,
mientras nosotros, abstemios en la arena, somos felices soñando con un horizonte.
Creo que cada uno debería plantear al parlamento su propia
prohibición. Yo, por ejemplo, odio el olor a fritanga, es grotesco y destila
colesterol. También me molesta el ruido, la gente que habla alto para que
escuches lo que dicen, aunque éstos en verdad me dan un poco de pena. Conozco
mucha gente que grita con sonidos o con gestos y sé que es su ego clamando reconocimiento, aún así, me irritan. El silencio es algo que ya
nadie sabe practicar aunque solo en tu casa, callado, al menos, puedes fumar.
Pero yendo al caso, me parece bien que prohíban fumar en la
playa, es un espacio natural lleno de papeles de bocadillo y compresas flotando
de las personas que aún no han aprendido que no se tiran al váter de sus casas.
Lleno de gente que coge el coche para recorrer cinco kilómetros porque el transporte
público le pesa aunque esté libre de humo.
Me fascina el ser humano y cómo nos tranquilizan las
prohibiciones, como el niño que necesita límites para construirse una visión
del mundo en la que sepa cómo ha de comportarse. El ser humano no aprende con
el refuerzo positivo aunque científicamente esté comprobado que debería ser
así.
Hace años repartían ceniceros en forma de cucuruchos de
plástico y eso era bueno, yo los utilizaba. Estoy deseando que prohíban definitivamente la venta
de tabaco, ese día la nicotina caminará de la mano del tráfico de armas y de la
prostitución, y ya nadie fumará en la playa ni disparará a nadie ni comprará
besos, ni robará roces que no le corresponden. Por fin podremos respirar
libres de polución entre el humo de los coches y de las fumigaciones aéreas.
Por fin podremos volver a buscar entre los hábitos ajenos algo que nos moleste
para crear una nueva ordenanza municipal.
Propongo que lo que se recaude de las multas pase a formar
parte del presupuesto destinado al transporte público y pueda viajar en metro
sin fumar con el aire acondicionado a toda pastilla pero a un precio razonable.
Sé que eso no será tan fácil.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)