viernes, 12 de julio de 2019

Aprendí sus nombres


APRENDÍ SUS NOMBRES
Poema escrito para el recital "Poesía sin Censura", de Fridas de Barcelona y el Mundo. Recitado en Barcelona, en el evento poético celebrado el 6 de julio de 2019.

Ella desliza el velo hasta los hombros.
Dos o tres manzanas cuentan las hebras de su pelo al aire,
mientras alguien desmiembra su persona
por la henna en la piel y la sombra
soez e infrahumana susurra a su paso
el desprecio y la honra 
y la mía a su lado.

También yo, así,
desmemoriada del pasado de mis células,
busco un reflejo de mí en los ojos profundos del miedo.
Descifro lo nuevo
los días en que el ánimo se viste de fiesta,
mientras las ropas negras del odio
ausentan el brillo de la cenefa en la que contar
la edad y el matrimonio
que Él retrasa en los días,
mientras alguien al verlo cose una mentira
en el grito del hermano que perece en el viaje,
en el comercio con vidas del mundo globalizado.

También yo, así,
desmemoriada, olvido los rechazos y la falda estirada al dejar el asiento,
la cabeza agachada y el beso robado.
Olvido el castigo.
Y el nuestro y el vuestro demuelen los muros
cuando aprendí sus nombres
y descubrí que había
los mismos pecados,
los mismos temores.

Ella deshace el fonema recién aprendido,
mientras juntas anhelamos
un esperanto que ahuyente
los ojos extraviados de las lenguas distintas
en la comisura cómplice de las mismas sonrisas.

También yo, así,
desmemoriada en que todos los miembros constituyen el cuerpo
y los libros sagrados se resumen en uno
bajo el mismo velo
en que las cenefas
recomponen los dones
y anulan el odio del estúpido.

También yo, así,
desmemoriada, por la sombra que calla
cuando atisba su rostro
y la lengua extranjera
la sospecha infundada
la cultura del miedo.

También yo, así,
desmemoriada,
deslizo el velo hasta los hombros.

lunes, 31 de diciembre de 2018

Nos enseñaron


Nos enseñaron a odiarnos en el hacinamiento del metro. Mientras aparcábamos en un desguace nuestros viejos coches, los herederos de las fortunas podían acceder a la Gran Vía en sus flamantes tanques que ocupaban dos carriles. Ya los pobres no contaminaban.

Los trenes, sin embargo, no llegaban a las montañas más hermosas.

Se acababa el año y el silencio del metro en las mañanas, camino del trabajo, continuaría siendo el mismo. La mansedumbre débil de exponerse a algún terror inesperado.

El metro se vaciaba llegando a la periferia y dos chicos negros y sucios, entraban en el vagón, violentos y asustados a partes iguales. Olían a piso de acogida las bolas del lavado de su chándal. El grande abrazaba al pequeño y las gentes al trabajo se enternecían en el abrazo y desconfiaban de los rostros heridos, a partes iguales.

Se abrieron las puertas y un empujón apresurado los separó para buscarse en el andén. Violentos y asustados como todos los habitantes del vagón, se encontraron.

Se acercaba el metro al mar donde la contaminación tiznaba los coches que no dormían en la calle. Les perdí la pista a los chavales.

Alguien me empujó violento para no perder el metro que ya había perdido. Nos enseñaron a odiarnos en la prisa.

Los trenes seguían sin llegar a las montañas más hermosas. El silencio del metro en las mañanas, camino del trabajo, continuaría siendo el mismo.

jueves, 26 de julio de 2018

Transfiguración


Suelto el broche de mi pelo
y sobre mis pechos dormidos
cae el peso de una enredadera.

Te gusta descubrirlos en su versión indígena,
prefieres eso a la evidencia efímera
de la transparencia.

Crees alcanzarlos pero son de viento
y el cabello cómplice
desciende por el vientre,
se enreda con el vello
y una fuerza centrífuga me abraza;
sostiene mis senos,
oculta mis nalgas
y abriga el secreto.

Soy el capullo de un gusano de seda
que pugnas desesperado por deshilachar
para besar mis pechos
y arañar los labios.

Pero solo cuando,
                        convertida en mariposa
los descubro,
puedes saciarte.

Mi sexo ha dado a luz,
brota miel
y te deleitas.

Alzo los brazos y coloco el broche en mi pelo,
me abro en el espacio,
te cubro con mis alas.

Ahora es tu vello el que se enreda
y he de morder las hebras para descubrirte.



viernes, 6 de julio de 2018

Compartimentos estancos


El mundo funciona en compartimentos estancos.
Un niño llora en el carro empujado por su madre. La mama tiene que ir a trabajar.

A la tarde nos vemos.

Naces carne y llanto y te conviertes en horario y esperas.
En la luz recién estrenada del día, las horas son una conversación amable.

Y en la noche, de las sombras surgen los buitres, los pobres más pobres del sistema lloran empujando un carro por lograr el mejor despojo de las sobras del súper de enfrente.

Entre las dudas que se esfuman con las prisas, te engañan para que no percibas que tú también andas subido encima de un carro esperando las palabras:

A la tarde nos vemos.

En compartimentos estancos para que su barco flote.

sábado, 24 de febrero de 2018

Sobre la importancia


Hoy he escuchado a una niña decir que su madre tenía un trabajo importante. Y es cierto, lo tiene; intuyo que, al menos, garantiza que no le falte de nada y me alegro de corazón por ello. Me ha enternecido su inocencia, esa visión infantil sobre el lejano mundo de los adultos. Como cuando yo era pequeña y me imaginaba que de mayor llevaría traje chaqueta y un maletín, no sé muy bien por qué, si ni siquiera sé andar sobre unos tacones, que es lo que se lleva con un traje. Con el paso del tiempo, resulta que lo que más me gusta hacer es escribir poemas y ver el mar.
Siguiendo con la niña, me hubiera gustado decirle que todos los empleos lo son, importantes, que deberían serlo, para vivir y ser felices al salir cada día de casa, esa casa que no debería costar la vida habitar. Y sí, me he referido a la felicidad, ese concepto que parece relegado a la autoayuda o a una frase en una taza. Llevar una existencia feliz radica en el propósito, ese que te roban cada vez que te explotan. Que hacer reír, por ejemplo, es un buen trabajo, y preparar una habitación de hotel, limpiar un despacho, enseñar en una escuela, aprender urdú para enseñar catalán, coser, cocinar, construir, pulir suelos, pintar, en fin, una lista larguísima. Y que tal vez lo importante de un trabajo debería ser habitarlo sin temor y tener tiempo para ver el mar y escribir poemas (sin miedo a decir algo prohibido), sin miedo a no poder pagar el alquiler, sin salir demasiado triste como para manifestarte si acaso ese trabajo no tiene en cuenta lo importante que eres solo por estar aquí y no te garantiza, no solo lo básico, sino más, para poder vivir.
Me hubiera gustado hablarle de la alienación, del cansancio, del alquiler, de los barrios, y de lo poco importantes que somos cuando ya no trabajamos, cuando llega el momento de vivir de lo sembrado, de ver crecer a los nietos, sin miedo, sin apuros, de recordar con orgullo qué trabajo tan importante llevamos a cabo en nuestra juventud, qué importante es la vida que podemos contemplarla maravillados, a pesar de lo impensable.
Pero no se lo he dicho aunque he escrito esto porque mientras pensaba en ella, nubes negras rugían por todos lados; en el autobús, en la panadería, por las calles. Nubes que sonaban a hijos desempleados y a contratos de alquiler cumplidos. Nubes que empezaron a desencadenar en tormenta de amados viejos luchando en las calles. Y los hijos, y los nietos, importantes, con maletín o escoba, importantes.
Y esa niña me decía que su madre lo tenía, el trabajo importante, aunque en sus ojos, además de la inocencia, he descubierto también un primer atisbo de miedo.

jueves, 8 de febrero de 2018

Vivirse


                Hoy ha sido un día extraño. Los niños en la escuela se aferraban a los vidrios de las ventanas, lidiando con brazos y codos, para mirar el techo de un coche que se había detenido en un semáforo.

                — ¡Viene de un sitio donde ha nevado! —chillaban. Y querían ver los vestigios de nieve que se iban a detener dos minutos escasos en la carretera.  

                — ¿Ha nevado? —preguntaban. 

               Y querían salir y sentir el frío, porque hoy la vida no era dentro. Hoy sentirse vivo era nieve y era lluvia.

                Mucho más tarde, he visto una hoguera en una plaza. Y no me he acercado a mirar porque hoy la vida no era fuego. Hoy sentirse viva era aire.

                Y al final del día, el estruendo de unas sirenas anunciaba un incendio.

                Y yo me he tapado los oídos, porque hoy la vida no era miedo, hoy vivirse era agua.


               


domingo, 4 de febrero de 2018

Casa refractaria


El vestíbulo es la entrada árida
a la oquedad oscura
donde soñamos principios
y nos soltamos las manos
para hallar placer en el miedo
como el ansioso que practica el onanismo.

En el largo pasillo viajamos en el tiempo
y humedades antiguas mojan nuestros rostros.
Atrás quedó la urgencia en los hoteles
y cosquillear tu sexo en un rincón de la calle.
Palpamos con la mirada las probabilidades cuánticas
que tomará el deseo.

Hay un cierto alivio
en el salón desierto
y un mueble destartalado nos aterra.
Son las heridas de otro tiempo en otros cuerpos.
Y nos abrazamos asustados de nosotros mismos
consolando el yo en el yo del otro.

Giramos los rostros hacia el resto de la casa,
la excitación vuelve a encumbrar la mente.
En la cocina guisaremos
empotrando hortalizas
contra la encimera
y tal vez me atreva a probar tu guiso
suave,
tierno,
duro,
entre los sonidos a cacharros del patio de luces
y las gotas de agua repiqueteando en tu espalda.

Las camas reposan mudas
y un rubor en las mejillas
me lleva al silencioso baño,
trinchera previa al orgasmo.
El eco de nuestros pensamientos
rebota en las paredes
y, por fin, nos besamos con las lenguas.
Dos desconocidos
en las posibilidades de las horas.

Ya los tabiques sudan,
gimen las puertas.




miércoles, 1 de noviembre de 2017

Astenia

Me adentro en el otoño que está resultando remolón, tardío, frío y caluroso con intervalos de un resfriado impertinente. Me adentro en el duelo del verano ya ausente. Me respeto en este tránsito lento mientras escribo y leo y miro al horizonte de los sueños. No me importa ir despacio, así se fragua la existencia, con períodos de cansancio mientras se preparan las flores a encerrarse en su letargo, mientras las dudas y el trabajo retrasan las palabras anotadas en libretas para extenderse, arraigarse y expandir la lengua con todo lo no dicho, con tantas historias fruto de heridas y locuras, con tantas nostalgias y ganas de vivir. 

Caen las hojas que no caen mientras he reflexionado tanto sobre lo que hemos vivido que me hastía expresarlo, lo político que inunda cada uno de nuestros pasos, las horas de trabajo en que la vida, a veces, se interrumpe. Suerte de los sueños jóvenes, suerte del futuro, y lástima de las normas sin sentido. Me adentro en un proyecto vital despacio, sin importarme lo que digan, porque mi vida es mía, y suelo derrochar amor por donde paso, y si no lo hago, se me pasa pronto. Me doy cuenta que tal vez me he mimetizado con el eje de la tierra cambiante o con el cambio climático y sus efectos en nosotros. Me doy cuenta de que el ansia incumple los horarios para hacer lo que uno ama y para amar en la lucha, que hace tiempo que en verdad no lucho y cogería la precariedad laboral, los desahucios y todas las palabras corruptas que algún tipo de neolengua nos ha hecho aceptar con la normalidad de un anuncio y los pondría en primer lugar en la cola de manuscritos de una nueva editorial. 

No he felicitado a las brujas, ni he hablado con los muertos, ni flores ni máscaras. He saltado por encima de las baldosas y tan solo, si algo he hecho, es creer que la muerte no existe pero sí los olvidados. O tal vez, solo me estoy entrenando para creer en ello. Ojalá.


Me reservo, en la maraña de hojas y libretas desordenadas, para el momento en que se asiente este otoño frío, caluroso e impertinente.

domingo, 22 de octubre de 2017

Lícita



Es humana esta cueva en que la confusión sobre el orden de las cosas me hace permanecer en silencio cuando nadie debería estar callado.

Es lícita la rabia acumulada por la injusticia de hace tiempo.

No poseer la historia

ni el fervor, tan solo la herida de la periferia

que confunde hasta lo que quisiera decir.



La inseguridad-infantilismo-vergüenza, el no querer habitar en el mundo.

La herida del patriarcado en mí, sí, lo digo, que está, y a veces me sumerjo en ella a conciencia,

relegándome al espacio de lo privado

con toda mi sabiduría y mi valentía, sí, existe,

oprimiéndola yo misma en un ensueño que añade otra carga en mis hombros,

amordazándome por el puro cansancio.



Cobarde, no pierdas la oportunidad de vivir.



Es lícita la libertad del pueblo-manos trabajadoras.

-hay quien nunca ha dejado de luchar desde abajo



y siempre serán a quienes rompan la cara.

martes, 22 de agosto de 2017

Quién muere en el asfalto



El mundo es tan complejo que la mayor parte del tiempo lo dedico a tratar de entender, simplemente, la porción de universo que habita en mí, eso ya es mucho trabajo. Porque en mí también habita el odio, el apego, la desesperanza y el miedo, emociones peligrosas que llevan a la violencia y a la muerte sin retorno. Trato de ser cauta, mantengo largos silencios porque a veces no estoy segura. Aún no he llorado, creo, y como todos, pervive esa congoja en el fondo de nuestros ojos. Y sé que quienes han llorado, lo han hecho por la barbarie global. Y están los que cayeron. Y la madre, el padre y la hermana. También están, no lo olvidemos nunca, los que no mueren en el asfalto. Y aquellos que eran queridos y algo les apartó.

El año pasado por estas fechas, andaba confiada como cuando se camina descalzo por la orilla de la playa, en la indefensión de la paz, pero en el televisor había noticias de muerte, venían de lejos. Caían bombas y los niños corrían en una ciudad en ruinas. Lo escribí y lo olvidé, por desgracia. También mueren en el mar, morimos en muchas partes.

En julio había paseado por la Rambla de Barcelona, estrenando el verano y aspirando el olor de una libertad pequeña, la misma que aquellos que huyen vienen a buscar, porque tienen derecho a vivir. Hoy he leído que acoger refugiados no produce terroristas, la guerra produce refugiados. El mundo cambia continuamente y no lo entiendo todo.

Me permití un largo paseo.

En el Bar Canaletas, que ya no existe, sucedió una parte importante de la historia de mi familia. Por eso y por más cosas amo ese lugar precioso, escenario de muchos momentos de mi vida, Barcelona es tan bella… sí, lo es. Cada hombre y cada mujer ama el lugar donde nació o vivió.

Siempre he sido consciente de la fortuna de vivir en un lugar en paz; temerosa, eso sí, de los cientos de miedos con que nos alimenta el capitalismo.

Los silencios.

Silencio por las familias de religión musulmana que conozco, por los adolescentes y jóvenes, son como tú y como yo en muchos aspectos. Cómo saber por qué rendija se coló el odio y en qué forma lo hizo… El horror solo tiene un rostro, se alimenta del pequeño, de la ausencia de sentido en pro del sentido de la demencia.

A ratos siento una especie de vergüenza por sentir más dolor que otras veces y entonces retengo el recuerdo de mi mano sobre el suelo caliente de la Rambla, cuando me senté allí hace dos días, presenciando la compasión que habitaba desde el alma más profunda, al lado de incontables orígenes distintos y llevar la paz, porque el odio, en cualquiera de sus formas, es el complemento perfecto para que el terror crezca.

Si acaso he de señalar a alguien, no será al que comparte mi misma calle, sea de donde sea, sino allí donde sus silencios y sus negocios asesinos, y algo que se escapa de nuestro entendimiento, son más peligrosos que nuestra rabia, que el increíble repudio a la lengua que también hemos vivido perplejos. Y renuncio a cualquier tipo de fascismo. Amo la Barcelona que en minutos fue tan oscura como en aquellos años de la historia. Ni una sola emoción digna de alimentar que no sea la compasión. Yo no lo entiendo todo, pero sí que entiendo, igual que tú, lo que es el amor y lo que es el odio. Y cuál de ellos alimenta a la bestia.

El mundo es tan complejo que la mayor parte del tiempo lo dedico a tratar de entender, simplemente, la porción de universo que habita en mí.



lunes, 24 de julio de 2017

También aquí

También aquí hay mar,
entre los arbustos de este cambio
que a mí se me antoja exilio.
El mar que era bicicleta y descampado
antes de la burbuja
y el fórum de la guerra entre culturas,
con su muro de la vergüenza
ocultando las colmenas.

El estigma.

También aquí hay mar,
en la desembocadura del río
y en los huertos, fusilados
por el ansia inmobiliaria.
En la playa inexistente
que obviaba un fragmento de costa.
En medio, tres chimeneas.

La periferia.

También aquí hay mar,
el que se avistó desde un tren
de memoria.
Y en las carencias,
transformadas en recursos
tras una lucha lejana.

Barrio dormitorio.


Estigma-periferia-barrio dormitorio
es hoy habitación a quince minutos de la playa.
La pequeña línea azul, que aliviaba la ausencia de mar en los días laborables,
es hoy alojamiento con vistas.

Estigma-periferia-barrio dormitorio,
donde llegaron los obreros a fabricar más obreros
es hoy la casa de quien explota su propia historia,
relegando a los hijos del trabajo
a emigrar a los arbustos,
a renunciar al compromiso del lugar donde crecimos.

Barrio dormitorio
es hoy hotel de lujo.

Estigma periferia
es hoy habitación a quince minutos de la playa.

Y ahora, desde los arbustos,
aunque también aquí hay mar,
acuso a los
hipócritas que se alojan
en el lugar al que nunca habrían querido pertenecer.
También a quienes explotan la historia
de su propia condición
cuando desde un hotel de lujo
alguien capitaliza la certeza
de que también aquí hay mar.





Fotografía: Les tres xemeneies des de Collserola.
Maite Doñágueda

lunes, 1 de mayo de 2017

ABRIL Y MAYO



Desde hace varios días, me emociono de improviso, con el fundamento de un verso dirigido a una madre; la madre que cosió el alma rota a máquina, delantal en mano. Un puchero desfigurado purga contra la sonrisa y no es triste, es vida conmovida.

Desde hace varios días.

Un indicio de humanismo en una película de acción, todas las pequeñas muertes o el rostro de un recién nacido, cualquier fortaleza que esconde la indefensión.

Y las luchas en la calle, agotadas en una apatía estática, en un reloj estéril, me encienden en un minuto cuando voces desgarradas llaman a la huelga. Y se me saltan las lágrimas con las ilusiones y las voces del desamparo que nos corroe, con ese estar debajo en el subsuelo remangado de la lucha de clases. Con esa tierra que pisamos tratando de asaltar el palacio del ladrón, el que convierte las jornadas de trabajo en recuento de horas fraccionadas para llegar, un día, a formar una familia.

Desde hace varios días, las lágrimas riegan el cemento, no es árida la emoción que prepara un camino, el retorno a las plazas de la esperanza cuando todo iba a cambiar.

Desde hace varios días, reconozco el prejuicio como quien dice, a la legua, pero viva y en fértil resurgir ya no me arrastra la desesperanza de los días nublados, y ningún amor carcelario me paraliza.



Desde hace varios días, quiero reconfigurar el tiempo y las certezas, y no dejar morir en vano ni una sola lágrima.

domingo, 9 de abril de 2017

Propósito de enmienda

Tal vez debería desdecir las palabras de poeta;
ser irreverente, como dije no serlo.
Irreverencia a modo de sable,
de armadura de pétalos
que resistan al viento.

Desmentir la paz,
abandonar la nobleza.
Entender, como el niño a quien trato de explicarle
que no todo el mundo es bueno,
que no es tan fácil ser frágil.

¿Tan solo ser?
Esa verdad conlleva la consecuencia
de defensa del territorio
como hacen las naciones.
De proteger mi sol y mi playa
cuando necesito habitarlas.

Con labores y quehaceres
abandonarlo todo
porque la vida es corta
y la paz dura un segundo.

Tal vez debería desdecir las palabras de poeta;
ser irreverente
y preparar un nuevo verso
en el que el sable produzca sangre
porque a veces es necesaria para salvar la propia vida.

martes, 14 de marzo de 2017

Que somos río



Algunos días regreso caminando.

Porque andar ayuda a dejar atrás la jornada, y mientras permanezco pienso en la huida; transgresor escondite es el andar, intangible, esquivo e impregnado de alma. Nadie puede encontrarte.

Tú, solo tú eres.

Y antes de llegar al río percibo el frescor; a veces, envuelta en la duda temo que proceda de algún lugar artificial, tal vez una mole de hierro que expulse un aire gélido, casi metálico, frío.

Pero es tan amplio que no puede ser otro que el río.

Tal vez la hierba recién cortada o el agua clorada del riego.

Pero no, es tan sincero que no puede ser otro que el río.

Y llego a la altura y me detengo en las sombras que proyectan los matojos, y los animales esquivando la presencia humana. Y el agua, murmulla sin importarle la hora.


Todo el mundo debería tener agua cerca; un lago, un mar, un lugar donde serenarse, donde olvidar que no somos mentira, que no somos las moles de cemento que nos envuelven, que el aire gélido de la rutina es solo un espejismo.

Que somos tierra, bosque, cielo inabarcable.

Que somos el río caminando.

lunes, 27 de febrero de 2017

LA NOCHE QUE SOÑÉ CON CORTÁZAR


Desperté.

No sé si de día o de noche.

Tú, sentado junto a la puerta del balcón.

Sereno, pacífico,

estabas muerto. 

Eras tu espíritu.

Sobre el viejo secreter negro,

evocación moderna de lo antiguo

como me gustan a mí los objetos

aunque muchos de ellos jamás habría tenido

de haber nacido antes

                          pobre,

porque pobre sería,

porque aristocráticos son los camafeos y encajes.

En el pasado serían harapos marrones de ásperas telas,

tal vez azules, tal vez etéreas.



Pero vuelvo al secreter y al fajo de cuartillas

que allí depositaste

aunque no recuerdo si en verdad eran mías

en esa moderna funda

que reduce a breves nomenclaturas

los lugares del mundo

que no hay rayuela que una.

Porque ya nada encaja

y el tiempo se precipita vertiginoso

hacia una nueva etapa

en la que pasado y futuro son uno

y eclosionarán como lo hicieron sus manos

en mis pechos, por sorpresa

la noche que soñé con Cortázar.



Sentado junto a la puerta del balcón.

Sereno, pacífico, eras tu espíritu.



Me posé en tus rodillas,

cual mariposa inocente,

de espaldas a su regazo,

a su rostro intuido.

Íbamos a leer

sobre mi camisón de seda, blanco

que fue descomponiéndose

para convertirse en pijama

de algodón, blanco,

Y sin saber los motivos

llevé tus manos a mis senos

y sin protestar

masajeaste con un erotismo

desconocido en mi vigilia

y me excité cual mariposa posada

en el sueño victoriano

de una sencilla silla.

Tal vez gemí, sobre los folios

que olvidamos como quien ignora

en el sexo la poesía.

Y desperté

sobre su regazo, en la silla.



Cuando apareció, en la noche,

me limité a sentir

en mi sexo tus firmes manos

Sereno, tu espíritu.

La noche que soñé con Cortázar.



domingo, 8 de enero de 2017

Debilidad

Querrán detenerme si digo que te echo de menos,
que necesito pintar hectáreas con sueños que solo sean nuestros,
que entenderé las incursiones y asombros del exterior,
los viajes y las jornadas,
las noches que se parecen a las de antes,
aquellas frías
en que los miedos aterran tanto
que necesitaría abrazos,
y voces,
y notas,
y un nuevo paisaje irreal al abrir las ventanas,
y un paraíso inmortal.

Y me dirán que me aferro,
y adoptarán un código para penalizar la tristeza,
y castigarán la pasión,
y me prohibirán sentir.

Y querré alcanzar tu voz,
y tendré que moderarme,
y querré fusionarme en tu regazo,
                                 mientras vuelo,
y tendré que ahogar el sentimiento.

domingo, 27 de noviembre de 2016

INMORTAL




Te rescataría del fondo oscuro marino

de la colcha de cama

cuando tuvieras fiebre.

Y el mundo se detendría

en los cientos de aromas a puchero

mezclando los recuerdos para resumirlos en uno,

como el mandamiento del amor.



La belleza residiría en la piel sin maquillaje

y la inocencia resurgiría

tras las capas de sueño.



Uno a uno los desvelos

deshojarían las arrugas del miedo

en la paz de los fogones

y el hogar

permanecería eterno

en el calor del presente.



Permanecería secuestrada en las horas perdidas,

sin descanso ni playa,

tal vez hasta las diez.

En la disciplina aplazada,

en los peldaños pendientes

de mi propia liberación.



Bajaría la guardia y de nuevo

el celador derribaría los muros

endebles.



Atrapada,

al renovar los votos de la vida

aceptaría la imperfección de la inmortalidad



miércoles, 12 de octubre de 2016

La patria del tiempo

Me acabo de comer el primer boniato del año, recién salido del horno, humeante, caramelizado, tal vez no tan dulce como había esperado. Llueve y en el plástico que cubre infructuoso la ropa que no debí haber lavado hoy, se forman burbujas que me hipnotizan. Una flor de jazmín que se opone al final del verano, como tantas veces hago yo, resiste insultante sin dejar de echar brotes. Huele a años setenta, tal vez porque he cogido con gusto la rebeca de lana gorda inspirada en la infancia y porque en la tele dan una película de la época, y recuerdo el papel pintado de las paredes y esos cuellos de las camisas. También por ser fiesta nacional, algo que me parece antiguo, como antiguo el odio, la raza, la invasión. Pero una extraña felicidad que a veces me embriaga por sorpresa cuando la melancolía no protagoniza un día como hoy, me hace pensar cosas infantiles como que los dictadores en general, para ser tan amantes de la pureza, suelen ser bastante feos, o es que ser tan malos los convierte en mostruos. Son cosas que no se si pueden decirse, son cosas que pensaría un niño. Una niña de los setenta, aunque yo los visité solo ocho días antes de la muerte de Elvis. Los días antiguos como hoy escucho música antigua y me atrae el jolgorio de la justicia sin patria, más me atrae sentir que no hay más patria que el tiempo y que este, en verdad, ni tan solo es como imaginamos.


https://www.youtube.com/watch?v=9j1jumnQeSw

sábado, 1 de octubre de 2016

Hubo



Hubo un minuto en el que pensé en el silencio, y me sentí preparada para afrontar cada ilusoria tempestad del día. Solo sabía hacerlo así, en las inmediatas veinticuatro horas, doce de las cuales eran más sencillas; en ellas me veía afectada por tan solo un tumulto interno que aceleraba el corazón agitado. En verdad, eran muchas menos; mientras dormía, la agitación se pacificaba, incluso cuando aparecían aquellos sueños inoportunos que, no obstante, cumplían una función.

Había un silencio en cada persona, que hablaba más del sentido de la existencia que todas las letras pronunciadas, y lo decía alguien que amaba las palabras, tal vez más las escritas, porque conocían el exterior tras haber atravesado el túnel de una gestación, más o menos prolongada, más o menos silenciosa, dando a luz una promesa.

Hubo un minuto en que deseó que el mundo callara, para escuchar una respuesta. El silencio formaba parte de la composición poética, musical, amorosa, bélica.

Solo quería aprender a hacerlo así, en las inmediatas veinticuatro horas, no dejarse llevar por el ruido, las opiniones sesgadas, las modas víricas, las corrientes de pensamiento. Solo quería saber si el silencio tenía algo que decir.



https://www.youtube.com/watch?v=YFD2PPAqNbw