De un tiempo a esta parte la cigarra anda revuelta. Tiene prisa, pero siempre la tuvo. De hecho tuvo tanta que, en su afán por mirar el reloj cual conejo blanco apresurado creía llegar tarde a todas partes. Y lo hacía, eso sí. Se le amontonaban las tareas enredada en la prisa, y los años pasaban, y creía llegar tarde.
Un día cualquiera de lluvia, desplazarse se convirtió... en una tarea penosa para alguien demasiado delgado bajo una envoltura tan gruesa. Su carcasa se había ido fortaleciendo con los asuntos postergados, los designios ajenos, las palabras calladas, los deseos frustrados. La cigarra vagaba por el bosque, y creía llegar tarde. Fue entonces cuando sucedió algo inesperado. Absorta en sus pensamientos tropezó con una rama y su cáscara quedó enganchada abriendo una pequeña hendidura en el tejido semitransparente.
Aterrada, luchó durante horas por reestablecer la membrana, taparla, coserla, cubrirla, no dejar un resquicio que insinuara el ser que albergaba allí oculto. Le asustaba no ser reconocida, pasearse con sus nuevas alas y que alguien le dijera “¿y tú quién eres?” O algo peor aún, que un caminante cualquiera le recordara quién fue, o que un reloj la alertara acerca de la hora.
La cigarra seguía teniendo miedo de mostrarse tal cual era y de llegar tarde a la fiesta de alguna suerte de reina vengativa. Sin saber que no existía tal monarca, y que, por mucho que se opusiera, ya no podría invertir el proceso que, sin retorno, su vaina recién rasgada había iniciado.
Las cigarras viven en el subsuelo, como ninfas, varios años, antes de salir a la superficie.
viernes, 20 de junio de 2014
martes, 3 de junio de 2014
Intervalo de tres minutos
Hace sol hoy en el paseo. Mientras vuelo, diviso un hombre sentado al lado de su perro, aún a salvo del río de pintores que avanzan restaurando los bancos al tiempo que alertan con un “Ojo, recién pintado”. Siempre habrá quien plante un dedo para comprobar su veracidad.
El hombre recoge las colillas que tiene bajo su asiento, y el perro se ve feliz. Más adelante una mujer latinoamericana le hace la cera del bigote a la señora mayor que tiene a su cargo. Antes, otra cuidadora dejaba que el delgado anciano encorvado con gorra de las de antes le tocara el brazo más rato de la cuenta. Hay muchas sillas de ruedas en el paseo; la edad, el tiempo que delata que en verdad no somos nada de ese aspecto externo, sino que vemos una mentira a la que no deberíamos hacer demasiado caso.
Chavales de instituto, bocadillos empezando a abrirse, bicicletas. Parados que se esconden en las oficinas grises, tras ellas, en los recovecos de formularios por internet, otras, alguno, se escapa a la playa, sin poder cubrir el color ceniza de la desesperanza.
Una chica-mujer joven, imposible determinar la edad, llama en intervalos de tres minutos a alguien que debe ser su mascota, algo tipo “Tuqui” o “Cripi”. —¡Cripi, Cripi!— le llama. Ha perdido a su perro, y quizás eso sucede cada día. Triste sería oír llamar a un tal “Juan” o “Rafa”, aunque seguro que por la noche, en alguna habitación, hay sollozos de ese tipo. Puedes llamar a un perro por la calle pero no a un amor perdido, al igual que a una mascota se le toleran las actitudes dependientes que un ser humano debe erradicar.
La vida brota por las calles en forma de mil edades y mil miserias y alegrías, nimias o enormes.
Más adelante, cerca del mar, diviso los edificios altos, y algún Mercedes brillante que su dueño no aparca cerca de los barrios obreros. Todo brilla en la costa, los vidrios, los cabellos, incluso la tristeza obtiene un alto grado de tregua y una vieja bicicleta puede romper el retrovisor de un coche de alta gama. Cuántas terapias se ahorrarían pudiendo mirar el mar cada día.
Una furgona de los Mossos d’Esquadra irrumpe inoportuna en el paisaje de la playa. Absurda y ridícula; con la violencia inherente en sus formas; con decenas de reojos de reproche. Ya nadie cree que les protegen.
Veo desde arriba cómo la gente lucha por escalar las horas, mientras lejos, donde no alcanzo a llegar volando, alguien prepara una ceremonia donde no hay perros perdidos, ni colillas, ni cera tibia del súper, cuidadoras en precario, institutos públicos, desempleo, esperanza-miedo en intervalos de tres minutos.
Nunca han bajado a la calle, solo han vivido en las cumbres de la historia, donde la palabra vida tiene otras connotaciones, donde los obreros son un acontecimiento imprevisto, lejano, inoportuno. Días después, si nada cambia, sobre los bancos recién pintados, ya secos, con la huella del osado de turno, alguien abrirá una revista para ver un vestido de reina inalcanzable, y aceptará, subyugado, ser súbdito de la desigualdad más reprochable.
http://demasiados-nombres.blogspot.com.es/2011/05/divagacion-principesca.html
sábado, 1 de febrero de 2014
Ríes
Tu voz resuena en algún lugar a mi espalda, y, como tantas
otras veces, de forma inexplicable, detiene el tiempo.
Hablas por teléfono. Me pregunto si los demás se dan cuenta
de lo sexy que es tu risa. Es un solo de tambor, que acompasa sus otros latidos
sintonizando conmigo en un lugar que no ubico, alternando mi corazón y mi sexo.
Como el eco de una gota cayendo en una caverna. Honda. Penetra en mí.
He dejado mis tareas para situarme cómodamente a escucharte.
Temo que creas que vigilo tu conversación, que un arrebato curioso me ha
situado expectante en el sillón, a hacer ver que busco algo entre el montón de
revistas.
Pero me sonríes y respiro aliviada.
Cierro los ojos para reconocer cada matiz. Un jolgorio
infantil que me alborota en cualquier sitio, cien niños riendo una travesura.
Otras veces, una risa honda de hombre barbudo me haría imaginarte en una
taberna entre jarras de cerveza e instrumentos de viento.
A veces tintineos de coquetería me asustan brevemente.
Pero entre todos, uno, la risa involuntaria tras el gemir
ronco. Fuerte y desprotegido al mismo tiempo, suenas como violento y asustado. Tanto como la breve carcajada que te sorprende a ti mismo regresando para
besar mi rostro y reír, los dos, al unísono.
Cuelgas el teléfono y te ríes al creer que me he dormido.
jueves, 28 de noviembre de 2013
La mujer más atractiva del mundo
Sentada en un banco frente a él, la joven de largo cabello
castaño, contemplaba sus uñas descuidadas. Creía que no valía la pena pintarlas
para ir a trabajar, aunque, esa mañana, de modo excepcional, llevaba carmín en
los labios.
Cada día
cogían el mismo tren. Sabía a cuántas personas les sucedía lo mismo, ver a
alguien entre la multitud, reconocerlo, y nunca decir nada. Hay infinitos amores de trayecto. Él nunca la miraba,
y ella tan solo lo hacía cuando creía no ser vista. En el vagón, una pantalla
se convertía en coartada perfecta para girar el rostro.
Pero
aquella mañana, se atrevió a sonreírle. Algo en la cara de él se convirtió en
el preludio de algún tipo de respuesta, una sorpresa en sus ojos, o incluso el
esbozo de media cortesía. Sin embargo, una noticia en la pantalla llamó su
atención.
“S.J. es la
mujer viva más atractiva del mundo”
Él fijó su
vista en la imagen, y ella desvió su mirada para curiosear. Creyó que estarían
anunciando algo sorprendente. Leyó el titular. “S.J. ES LA MUJER VIVA MÁS
ATRACTIVA DEL MUNDO”, esta vez con letras grandes. Lo miró a él, que se
encontraba abstraído, y comprendió.
Sacó un
pañuelo de papel y borró su carmín al tiempo que se dispuso a levantarse y
alejarse por el pasillo. Dudó de la realidad, y deseó romper el vidrio del
televisor.
A su lado, una bella muchacha india le colocaba el abrigo a su
hijito, más allá, otra mujer, que en su juventud debió ser hermosa, untaba crema
en sus manos castigadas por la lejía. Pensó si acaso no eran atractivas, dudó
si acaso no estaban vivas.
Tras la noticia, él volvió al vagón, y, enfrente, ella ya no
estaba.
La vio alejarse, pensó que era más bonita que S.J. y que el
carmín que llevaba aquella mañana la hacía irresistible y graciosa.
En la pantalla anunciaban una máquina de café. Pensó que si él
fuera como el actor protagonista se habría atrevido a sonreírla.
martes, 3 de septiembre de 2013
Un breve aleteo
Releo algunas de las cosas que ella escribió meses atrás y me alegro de que
haya permitido que mi voz entre en este espacio, para suavizar el muro sordo
sobre el que se estrellaban sus palabras, para darle un respiro y para dármelo
a mí. Ver una perspectiva diferente de mí mismo cuando sea ella quien me
describa, permitirle saber que las palabras, y los hechos que encierran, se
aligeran al ser pronunciadas por otro ser, y, así, entre los dos, ir trazando
la ruta de vuelo.
Ha llegado septiembre y observo cómo la mujer se ha abatido en un océano de ropas negras. Negro es mi plumaje en todas las estaciones, así lo es el suyo también, aun cuando el primer lunes lluvioso del otoño la descubrí anhelando vestidos floreados y vidas vividas, al tiempo que una fuerza de la gravedad la sumía, paradójicamente, en un vértigo a las alturas.
Mis alas se despliegan en mi breve espacio, así las suyas.
Hoy, la he visto atareada, despertándose con el sol y, aún dubitativa, comenzando a andar en una nueva dirección, recordando brevemente aquello que un día le dije:
—En verdad los humanos poseéis un sistema de orientación similar al de los pájaros en bandadas. No es un concepto romántico tomar como brújula el magnetismo del corazón, dejarse guiar por el ritmo de las pulsaciones, por la sensación de paz o de inquietud que te generan las decisiones en el instante de consumarlas. Tomar el cerebro como el complejo y bobo engranaje activado por los deseos.
Ningún pájaro vuela en el pasado, no por convicción espiritual, sino por una necesidad de los pulmones. Solo puedes respirar en el presente, el ser humano está diseñado para eso. Y yo también.
Así que esta mañana de septiembre, al verla salir tan temprano, creí atisbar en ella un tímido, breve y aún muy transparente, aleteo. Y supe que empezaba, poco a poco, a entender.
Ha llegado septiembre y observo cómo la mujer se ha abatido en un océano de ropas negras. Negro es mi plumaje en todas las estaciones, así lo es el suyo también, aun cuando el primer lunes lluvioso del otoño la descubrí anhelando vestidos floreados y vidas vividas, al tiempo que una fuerza de la gravedad la sumía, paradójicamente, en un vértigo a las alturas.
Mis alas se despliegan en mi breve espacio, así las suyas.
Hoy, la he visto atareada, despertándose con el sol y, aún dubitativa, comenzando a andar en una nueva dirección, recordando brevemente aquello que un día le dije:
—En verdad los humanos poseéis un sistema de orientación similar al de los pájaros en bandadas. No es un concepto romántico tomar como brújula el magnetismo del corazón, dejarse guiar por el ritmo de las pulsaciones, por la sensación de paz o de inquietud que te generan las decisiones en el instante de consumarlas. Tomar el cerebro como el complejo y bobo engranaje activado por los deseos.
Ningún pájaro vuela en el pasado, no por convicción espiritual, sino por una necesidad de los pulmones. Solo puedes respirar en el presente, el ser humano está diseñado para eso. Y yo también.
Así que esta mañana de septiembre, al verla salir tan temprano, creí atisbar en ella un tímido, breve y aún muy transparente, aleteo. Y supe que empezaba, poco a poco, a entender.
lunes, 19 de agosto de 2013
Primera palabra del pájaro
Esta mañana desperté aturdido por una noche de excesivo calor, en que, mis plumas, preparadas prematuramente para el otoño que, dicen, va a llegar con adelanto, andaban estorbándome.
Traté de darme un baño y en eso estaba, cerrando los ojos en cada chapoteo, trazando en mi imaginación las gotas de un charco creado por la lluvia, en un prado enverdecido por los reflejos de un sol amable, cuando oí un alboroto sobre mi cabeza.
Alcé la vista y, a través de las rejas, vi cinco pájaros que no cesaban en su griterío. Me sorprendió escuchar diferentes tipos de sonidos, destacando el de unas cotorras, aunque, por suerte, no atisbé a presentir el silencio de ningún ave rapaz, tan frecuentes últimamente por estos lugares.
No se de dónde regresaban ni a dónde iban. Solo se que creí que me miraban, que sobrevolaban mi jaula haciendo alusiones a mi encierro. De pronto, entre el aleteo de sus alas, creí reconocer un rostro familiar, unos ojos redondos y ligeramente almendrados. Me alboroté, tratando de llamar su atención, revoloteando por toda la jaula, golpeándome y lastimándome hasta que, al cabo de unos minutos, exhausto, me detuve a recobrar aliento. Tras intentar recuperar una pluma que inevitablemente ya se había desprendido de mi cola, volví a mirar al cielo.
Los pájaros ya no estaban, en cambio, pude contemplar cómo el sol, que antes brillaba, creando hermosos reflejos en el agua de mi bañera, había quedado oculto tras una nube. Fastidiado, me asenté en mi barrote favorito a contemplar, como tantas otras veces, esa parte de mi jaula en que las rejas estaban desgastadas por el tiempo y que no me atrevía a picotear, por si cedían.
miércoles, 7 de agosto de 2013
Smog
Ella, absorta en sus divagaciones.
Cargando una serie de preocupaciones vanas, de cosas inacabadas,
joven, o no tanto. Él, para quien no ha llegado el verano, portando
una especie de gabán roído, a juego con su barba descuidada. Se encuentran solos en el parque de
tierra con cipreses a los lados y algún triste abeto. Una niebla
incrédula atraviesa el bochorno, y ella siente el sudor frío
agarrándose a su ánimo. Los polígonos industriales se han llenado
de huelgas y ella no ha salido nunca de su ciudad. Podría ser
Londres, pero no lo es.
Él la aborda por la espalda y le pide
dinero para un cartón de vino, sin tapujos, sin excusas. La pilla
desprevenida.
“¿Me darías 50 céntimos para
beber?”
Le sorprende su sinceridad. No tiene
hambre, solo un intenso deseo etílico.
“No llevo nada suelto”
Lo observa como quien mira una
certeza, la de la miseria obstruyendo el júbilo vacacional. La
soledad es más cruda en medio del verano, desnuda, sin cartón.
Se oye un alboroto, un grupo de adolescentes atraviesa el invierno irreal del parque. Ella se avergüenza
de su propia miseria morbosa, que no precisa de pedir limosna. Mira
sus brazos y unas mangas del color de la gabardina empiezan a tejerse
ante sus ojos. Trata de sacudirlas agitándose en espasmos. Acude a su
encuentro un policía:
“¿Puedo ayudarla, señorita?”
Una pareja de enamorados se detiene
cerca a curiosear.
“No, gracias”. No le gustan los
policías.
Vuelven a quedarse a solas. Él la
mira, su barba ha crecido en pocos minutos.
"¿Puedo ayudarte en algo?"
El mendigo le está ofreciendo ayuda y se siente más cerca de él que del policía, que de los enamorados, que de cualquiera de los árboles del paseo.
"¿Puedo ayudarte en algo?"
El mendigo le está ofreciendo ayuda y se siente más cerca de él que del policía, que de los enamorados, que de cualquiera de los árboles del paseo.
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